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En la obra, de 1672, Moliére retoma la crítica ya vertida en
Las preciosas ridículas hacia las mujeres que se jactan en de profundidad intelectual, cuando en realidad manejan sus conocimientos como un mero barniz que les proporciona un cierto prestigio social. Las sabihondas a las que el título alude han sido seducidas por Trissotin (triplemente tonto), un falso erudito que sólo busca un matrimonio conveniente. El gran comediógrafo caricaturiza aquí, sin mayor disimulo, al abad Cotin, un académico que escribía muy mal; en Vadius, que aparece más adelante (y acerca del cual se hace una modificación importante en relación con el planteo del autor), parodia al helenista Gilles Ménage. En todos ellos ve encarnada la pedantería que tanto rebela a
Moliére, quien quita el disfraz a los hipócritas en el escenario.
Entretanto, se despliegan los conflictos domésticos. Dos hermanas discuten, en la primera escena, acerca del amor. Armanda ha decidido reemplazar a Clitandro por la filosofía, por considerarla una aspiración más elevada. Rechazado, él pretende ahora a Enriqueta, la hermana, quien desea casarse con ese hombre que ha despertado en ella una gran pasión, contra la voluntad de su madre. El problema es que ésta, Filaminta, quiere por yerno a Trissotin, a quien considera hombre de grandes luces; Crisalo, su esposo, pusilánime y sometido, intentará hacerle frente, abogando por la libre elección de la joven.
En la puesta en escena de Willy Landin, abocado en los últimos años a ser régisseur de ópera, se percibe mucho esmero en el tratamiento visual. En cuanto a la escenografía, ha aprovechado los recursos que la sala le ofrecía, para crear fundamentalmente tres espacios: el salón, el jardín francés y la sala con espejos que – ha dicho el director – “remite a Versalles con su corte cuya idea no era mostrar la imagen real sino las apariencias”. El lujoso vestuario nos retrotrae a esa época (no detallaremos a sorpresivos anacronismos), al igual que el tratamiento formal entre los personajes. En lo que respecta a la música, la interpretación en vivo de violín, violoncello, piano y clave, al igual que el canto, ayudan a completar el marco barroco en el que se desarrolla la acción y nos recuerdan que, en varias oportunidades, Moliére trabajó en colaboración con Lully, con quien compusieron varias comedias-ballet, muy apreciadas por Luis XIV.
Sabemos, sin embargo, que el ritmo de una obra lo imprime, en una comedia, la acción dramática, lo cual, en este caso, parece suceder sólo en algunos momentos. El director ha hecho uso de varios procedimientos de modernización de la pieza. No sólo recortó el texto eliminando las referencias epocales que pueden resultar hoy irrelevantes, sino que incluyó fragmentos y modismos que buscan la rápida respuesta identificatoria del espectador con la actualidad. En ese sentido, los cambios resultan efectivos, al igual que la inclusión de tecnología, música y baile contemporáneos, pero al traernos al presente, al tiempo que divierten, provocan la ruptura del ilusionismo y el corte del hilo narrativo. Así, cuanto más entretiene y genera sonrisas la novedad escénica – no cabe aquí develar esos momentos – más se desdibuja la obra de Moliére, como si no se sostuviera por sí misma, pese a la muy buena labor de Graciela Araujo, Rita Terranova, Luis Campos, Pacha Rosso y Gimena Riestra y a los hallazgos de imagen y sonido.
Se produce una curiosa paradoja: el público goza la experiencia y se involucra en el juego que se propone desde el escenario. Sin embargo, no parece estar riendo tanto de la mordaz crítica que hace Moliére de los vicios burgueses de su tiempo y de todos los tiempos como de los agregados realizados para ganar cercanía y espectacularidad. Y eso da que pensar.
Clara Ibarzábal
Autor: Molière
Versión: Willy Landin
Actúan: Graciela Araujo, Hernán Boglione, Guido Bonacossa, Luis Campos, Manuel Coggiola, Amalia de Camillis, Sofía Gavito, Juan José Hair, Tony Lestingi, Matías Mancilla, José Marquez, Rocío Mercado, María Luz Morteo, Laura Mouge, Verónica Pelaccini, Gimena Riestra, Sebastián Rosso, Eugenia Stanovnik, Sebastián Suñé, Rita Terranova, Florencia Vecino
Cantantes: Joel Ramírez/Adriano D’Alchimio
Músicos: Soledad Grigera, Florencia Stabilini, César Tello, Mercedes Martínez, Daniela Schuster, Ricardo Pereyra.
Vestuario: Nidia Ponce
Escenografía: Willy Landin
Iluminación: Miguel Morales
Coreografía: Miguel Ángel Elías
Director musical: César TelloDirección: Willy Landin
TEATRO SAN MARTIN
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