Inés discute con su novio en medio de un viaje hacia Mar de las Pampas. “Discute” es una manera de decir, porque en verdad lo suyo parece un soliloquio del cual no recibe réplica alguna. De a ratos su novio emite alguna frase evasiva, mientras su angustia se confunde entre las sombras fugaces. Finalmente llegan a destino, pero él no desciende del micro: decide continuar solo.
Así de contundente comienza Una novia errante, y si ese principio deja a esta suerte de anti-heroína romántica en medio de una situación tensa, el resto del metraje oscilará entre la necesidad de confiar en un destino que reparará la falta, y entre otro que marcará el inicio de una nueva forma de vida. Inés no podrá asumir ese destino de soledad, y deambulará durante los días que iba a pasar en pareja intentando mostrarse segura, si bien su fragilidad emocional está a flor de piel. La idea de tiempo de ocio que deviene en conflicto ya había sido abordada por Katz en su obra teatral Lucro Cesante, y aquí vuelve a ser el eje conductor de todo el film. ¿Qué es lo que hará Inés, entonces? Varias cosas: seducirá sin mucho entusiasmo al concerje, enamorará a Germán, un macizo periodista bonachón, se emborrachará como si estuviera en un viaje de egresados, y clamará por su amor en largas y tensas súplicas emitidas en un locutorio, algo que exasperará a su dueño.
El film tiene un medio tono que le sienta muy bien, y los pasajes cómicos refuerzan el patetismo de Inés, que jamás excede su medida. Katz mira a su criatura de manera cercana pero jamás compasiva, y de este modo la humaniza. También hay cierta mirada infantil que es reforzada por sutiles acompañamientos musicales, en concordancia con el tratamiento fabulesco que se refuerza desde lo espacial (hay muchas tomas de la espalda de la protagonista, como si alguien la estuviera por atacar continuamente). Mezcla de Alicia y Caperucita Roja, Inés encuentra tras cruzar el bosque un mundo que le resulta extraño, suspendido en el tiempo, mientras ella intenta volver a un pasado mejor a través de su mente. De sus intentos por estar a tono con esa comunidad surgen los mejores momentos de “Una novia errante”, como por ejemplo los primeros diálogos con Germán (enorme presencia cinematográfica de Carlos Portaluppi) y la función de títeres que le regala una madre cuasi-hippie (Erica Rivas) a ella y a su pequeño hijo Atahualpa. En esa zona en donde la complacencia frente a los otros pone en superficie la enorme angustia, Katz encuentra su referente en el Rohmer de “El rayo verde”, aquel magnífico film en donde Marie Rivière no dejaba de llorar.
El otro referente es uno de los dos episodios de Amore (la adaptación de Una voz humana, de Cocteau), el film de Roberto Rossellini en donde Ana Magnani se aferraba al teléfono y no podía aceptar que su amante la abandonaba. Katz pone en su rostro todo el pathos necesario para entender que, pese a todo, la chica la está pasando mal. El tono monocorde de Daniel Hendler (del cual ya varios realizadores sacaron provecho) eleva su desazón aún más.
Si el final es ambiguo, encuentra una mirada interesante sobre la recomposición familiar. Algunos podrán evaluarla como una vuelta a la contención, y otros como una regresión que duplica la inestabilidad de la protagonista. No obstante, Katz decide dejar de ejercer peso sobre Inés, y nos regala un final tan nítido y bello como toda su película.
Ezequiel Obregón
Una novia errante (Argentina/2006).
Dirección: Ana Katz.
Intérpretes: Ana Katz, Daniel Hendler, Carlos Portaluppi, Catherine Biquard, Arturo Goetz, Marcos Montes, Erica Rivas, Silvina Sabater, Nicolás Tacconi, Violeta Urtizberea.
Guión: Ana Katz e Inés Bortagaray.
Fotografía: Lucio Bonelli.
Música: Nicolás Villamil.
Edición: Andrés Tambornino.
Duración: 85 minutos.



