08 junio, 2007

Una novia errante, segundo film de Ana Katz

Inés discute con su novio en medio de un viaje hacia Mar de las Pampas. “Discute” es una manera de decir, porque en verdad lo suyo parece un soliloquio del cual no recibe réplica alguna. De a ratos su novio emite alguna frase evasiva, mientras su angustia se confunde entre las sombras fugaces. Finalmente llegan a destino, pero él no desciende del micro: decide continuar solo.

Así de contundente comienza Una novia errante, y si ese principio deja a esta suerte de anti-heroína romántica en medio de una situación tensa, el resto del metraje oscilará entre la necesidad de confiar en un destino que reparará la falta, y entre otro que marcará el inicio de una nueva forma de vida. Inés no podrá asumir ese destino de soledad, y deambulará durante los días que iba a pasar en pareja intentando mostrarse segura, si bien su fragilidad emocional está a flor de piel. La idea de tiempo de ocio que deviene en conflicto ya había sido abordada por Katz en su obra teatral Lucro Cesante, y aquí vuelve a ser el eje conductor de todo el film. ¿Qué es lo que hará Inés, entonces? Varias cosas: seducirá sin mucho entusiasmo al concerje, enamorará a Germán, un macizo periodista bonachón, se emborrachará como si estuviera en un viaje de egresados, y clamará por su amor en largas y tensas súplicas emitidas en un locutorio, algo que exasperará a su dueño.

El film tiene un medio tono que le sienta muy bien, y los pasajes cómicos refuerzan el patetismo de Inés, que jamás excede su medida. Katz mira a su criatura de manera cercana pero jamás compasiva, y de este modo la humaniza. También hay cierta mirada infantil que es reforzada por sutiles acompañamientos musicales, en concordancia con el tratamiento fabulesco que se refuerza desde lo espacial (hay muchas tomas de la espalda de la protagonista, como si alguien la estuviera por atacar continuamente). Mezcla de Alicia y Caperucita Roja, Inés encuentra tras cruzar el bosque un mundo que le resulta extraño, suspendido en el tiempo, mientras ella intenta volver a un pasado mejor a través de su mente. De sus intentos por estar a tono con esa comunidad surgen los mejores momentos de “Una novia errante”, como por ejemplo los primeros diálogos con Germán (enorme presencia cinematográfica de Carlos Portaluppi) y la función de títeres que le regala una madre cuasi-hippie (Erica Rivas) a ella y a su pequeño hijo Atahualpa. En esa zona en donde la complacencia frente a los otros pone en superficie la enorme angustia, Katz encuentra su referente en el Rohmer de “El rayo verde”, aquel magnífico film en donde Marie Rivière no dejaba de llorar.

El otro referente es uno de los dos episodios de Amore (la adaptación de Una voz humana, de Cocteau), el film de Roberto Rossellini en donde Ana Magnani se aferraba al teléfono y no podía aceptar que su amante la abandonaba. Katz pone en su rostro todo el pathos necesario para entender que, pese a todo, la chica la está pasando mal. El tono monocorde de Daniel Hendler (del cual ya varios realizadores sacaron provecho) eleva su desazón aún más.

Si el final es ambiguo, encuentra una mirada interesante sobre la recomposición familiar. Algunos podrán evaluarla como una vuelta a la contención, y otros como una regresión que duplica la inestabilidad de la protagonista. No obstante, Katz decide dejar de ejercer peso sobre Inés, y nos regala un final tan nítido y bello como toda su película.

Ezequiel Obregón

Una novia errante (Argentina/2006).
Dirección: Ana Katz.
Intérpretes: Ana Katz, Daniel Hendler, Carlos Portaluppi, Catherine Biquard, Arturo Goetz, Marcos Montes, Erica Rivas, Silvina Sabater, Nicolás Tacconi, Violeta Urtizberea.
Guión: Ana Katz e Inés Bortagaray.
Fotografía: Lucio Bonelli.
Música: Nicolás Villamil.
Edición: Andrés Tambornino.
Duración: 85 minutos.

El cine de monstruos en su mejor forma

Bong Joon-ho ha conseguido lo que muchos directores “maistream” no pueden lograr: hacer una película con contundencia visual y una trama consistente, y con efectos especiales a favor de un guión y no al revés.

The Host impacta por su contundencia dramática, su habilidad para generar tensión mediante el uso del fuera de campo y demás herramientas cinematográficas. La trama comienza cuando un inescrupuloso científico norteamericano arroja una sustancia tóxica a un importante río. Algún tiempo después dos pescadores encuentran una pequeña y rara criatura, pero no advierten el peligro que supondrá su existencia. La arrojan al mar, claro, sin siquiera imaginar en qué se transformará el bicho algunos años después.

A orillas del río trabaja un hombre tan despistado que envía a su hermano a la escuela de su hija, en donde celebran el día del padre. Torpe, dormilón, atolondrado, quien se transformará en uno de los héroes del film no tiene nada de extraordinario, como tampoco el padre, el hermano, y la sobrina, angustiada por no haber conseguido la medalla de oro en la disciplina de tiro al blanco.

La primera aparición del monstruo al aire libre despliega parte del encanto del resto del film. Estilizados planos secuencias, notable uso de la música para exaltar el tempo interno de cada personaje, el tan dejado de lado –y bienvenido- realenti hacen de su aparición algo difícil de olvidar. Una vez que la niña haya sido tomada cautiva por el monstruo el drama familiar se tornará más potente, y comenzará a delinearse la trama del film más política, aquella que apunte directo a la manipulación del gobierno de Estados Unidos (¿se acuerdan del antrax?) sobre el destino de los surcoreanos.

La notable habilidad de Bong para mixturar diversos géneros no hace que la trama se fragmente, porque siempre está en favor del personaje. Así, la escena del velorio colectivo en la cual se gesta una patética discordia familiar, es tan convincente y coherente como risible. Cada uno de los miembros de la familia luchará contra viento y marea para salvar a la niña, en una verdadera misión épica. Algo de trágico tiene The host, no sólo en cuanto a la desmesura puesta en el aspecto visual, sino en la manera que encara la idea de compromiso sobre la comunidad. Así, el microcosmos familiar no deja de fluctuar ante cada miseria producida más arriba, en donde se tejen los hilos del poder.

Sobre el final, diremos que hace tiempo el cine moderno no producía tanta genuina emoción.

Ezequiel Obregón

The Host (Gwoemul, Corea del Sur/2006).
Dirección: Bong Joon-ho.
Intérpretes: Song Kang-ho, Byeon Hie-bong, Park Hae-il, Bae Du-na y Ko Ah-sung. Guión: Baek Chul-hyun y Bong Joon-ho.
Fotografía: Kim Hyung-ku.
Música: Lee Byung-woo.
Edición: Kim Seon Min.
Diseño de producción: Ryu Seong-hie.
Duración: 119 minutos.

06 junio, 2007

Se repuso Budín Inglés

Todas las lecturas conducen al amor

Esta obra fue presentada, en 2006, en el Teatro Sarmiento, en el Ciclo Biodrama. Es decir, toma prestadas afirmaciones de personas reales, vivas y que residen en Argentina. La anécdota puede resumirse en la reunión de dos consuegras, que van a desarmar el departamento de sus hijos que se están por separar, y se distraen comentando la biblioteca de él y ella.

De este modo, tenemos cinco miradas sobre los libros y la lectura: la madre de él, la de ella, la de ambos integrantes de la pareja en crisis, y la del presunto comprador del departamento. Asì, a través de comentarios sobre el contenido de los libros, y la situación en que se los leyó, se va conformando una “canon” casero de autores, escuelas y épocas.

La madre de él quedó marcada por las poesías que le enseñaron en la Primaria (“la Srta. Susana Del Pino”); la madre de ella inició su etapa escolar recién a los 9 años pero es más culta que la anterior.

En cuanto a la pareja, él prefiere las historietas, y los libros de suspenso y ciencia ficción. Ella le recrimina que solo lea “con dibujitos”, porque ha leído con dedicación y planificación textos de su carrera universitaria. Pero, lo importante es que las fábulas de los escritos los llevan a reflexionar sobre su vida, el sentido de la existencia, y el modo de relacionarnos con los demás.

Para algunos, la lectura es una vía de escape a una realidad hostil, para otros consiste en mirarse en el espejo de lo que dice tal autor. Todas estas interesantes discusiones son llevadas a cabo, mientras la pareja decide separarse o duda en volver.

Es hilarante el caso del comprador de la casa, que no es culto, y por eso mismo, se apasiona más con los secretos que esconden esos libros que él no conoce, y descubre en su posible futuro hogar. La puesta está sostenida en la base de la ironía y el humor, por ejemplo en la cara del comprador al no entender los códigos librescos que ostentan el resto de los que están en el departamento.

Es una obra sustentada en la micropoètica de Chaud, “la del estudiante de Letras” como dijera Sarlo sobre los nuevos novelistas, el 27/05/07 en Clarín. Sin embargo, aunque muchos no hemos cursado en Puán, podemos entrar en el registro de la obra.

La puesta no solo se basa en los comentarios, -eruditos o no- de los textos, sino en un juego de sensualidad con el cuerpo de la pareja, que en primer plano se besa, se acurruca y se mima; nos remite a eso que dice Grotowski: “Lo más importante del teatro es el cuerpo del actor”.

Es una obra que, a primera vista parece simple, pero, de acuerdo a las lecturas y recuerdos se va deconstruyendo en diversos niveles, que suscitan en el convivio con el público risas, y también nuevas miradas sobre nuestro compañero, el libro, cuya muerte ha sido anunciada tantas veces, pero él se resiste y renace de entre las cenizas.

Silvia Sanchez Urite

Adela: Marta Lubos
Marilís: Elvira Onetto
Mara: Laura Lòpez Moyano / Malena Figò
Mariano: Esteban Lamothe
Sebastián: Santiago Gobernori
Escenografía: Ariel Vaccaro
Iluminación: Matías Sendón
Vestuario: Cecilia Allassia
Música: Gabriel Barredo
Asesoramiento e investigación: Walter Jacob
Fotografía: Carlos Furman
Operación Técnica: Juan Manuel Noir
Asistencia de Dirección y Producción: Mara Guerra
Idea, Dramaturgia y Dirección: Mariana Chaud
En el Teatro Del Pueblo, Roque Sáenz Peña 943, los jueves a las 21
Entrada: $ 20, Jubilados y estudiantes: $ 10

LOS PADRES TERRIBLES , de Jean Cocteau.

“He querido ensayar con éste un drama que sea una comedia y cuyo centro sería un nudo de vaudeville si la marcha de las escenas y el mecanismo de los personajes no fueran dramáticos.” Así presenta el autor su pieza en 1938, como un rompecabezas que pinta una sociedad a la deriva, en el cual los papeles se sacrifican a los tres actos de la obra, despojada de los subterfugios decorativos que pueblan los escenarios de la época. Acerca de la prohibición de que fue objeto, Cocteau apunta que “un escándalo empieza a volverse escandaloso cuando de salubre, de vivo que era, llega al dogma y, diría yo, cuando rinde.”

Si bien la obra no causa el escozor ni la sorpresa de su estreno, sigue despertando un profundo interés setenta años después. Los padres terribles, como la antigua tragedia que tan bien conoció y reelaboró este polifacético artista francés, aborda cuestiones como las relaciones incestuosas, el engaño y la venganza en el seno de una familia, en la que se multiplican los lazos viciados. Cocteau lleva los más lejos posible la actitud que como autor lo distingue: quedar fuera de la obra, sin defender ninguna causa ni tomar partido por ninguno de los personajes, los cuales no sepresentan jamás como seres simples o lineales.

La directora Alejandra Ciurlanti – haciendo uso de una lograda traducción del texto realizada por Ignacio Apolo - no emplea recursos remanidos de actualización en la puesta ni traslada los hechos a épocas o espacios más cercanos, a la vez que evita con inteligencia la representación arqueológica y solemne del pasado. Consciente de que un clásico se sostiene por su propio peso, lo aborda con solvencia, acentuando los aspectos ridículos de estos progenitores infantiles, Yvonne y Georges, quienes presentan una gestualidad y un modo de expresión exagerados y poco naturales que causan risa al tiempo que desnudan una crueldad pueril. La víctima del ahogo de la madre y de la desatención del padre es el joven Michel, ajeno en su ingenua pureza a la pavorosa situación en la que está inmerso. Sobre ellos, títeres, la fría tía Léonie teje con cálculo los hilos a fin de volver al falso orden que ella sostiene según su conveniencia. Entre todos ellos, Madelaine (María Alché), la muchacha que ha generado las sucesivas revelaciones que derrumban el esquema de esta familia unida por lazos tan complejos como endebles.

La escenografía despojada de Jorge Ferrari, tal como lo acotara el autor, sirve de marco ideal para este vodevil de fondo serio. La iluminación de Eli Sirlin también contribuye a crear uan atmósfera particular en un escenario tan amplio como el de El Cubo. Mirta Busnelli, la madre, hace reír con el cuerpo y los juegos de la voz sin hacernos olvidar nunca de la profunda desesperación de esta mujer. Luis Machín, el padre, se maneja en el mismo registro, dejando ver el drama detrás de la caricatura. Nahuel Pérez Biscayart, el hijo, juega un perfecto contrapunto con ellos en su afectada inocencia, en tanto Noemí Frenkel presenta en oposición las aristas duras y las sutiles estrategias de Leo.

Lo que se inicia como una comedia negra va oscureciéndose cada vez más ante los ojos del espectador, quien siente muy cercanos los rasgos de la disgregación familiar también como metonimia de las relaciones sociales. La agudeza de Cocteau ha captado el fondo tragicómico, atroz y risible, de los seres humanos y aquí está ante nuestros ojos, como él mismo dice, como “un teatro digno del público que no prejuzga”.

Clara Ibarzábal

Autor: Jean Cocteau
Traducción: Ignacio Apolo
Actuciones: María Alche, Mirta Busnelli, Noemí Frenkel, Luis Machín, Nahuel Pérez Biscayart
Vestuario: Andrea Mercado
Escenografía: Jorge Ferrari
Iluminación: Eli Sirlin
Fotografía: Juana Ghersa
Diseño gráfico: Gabriela Kogan
Asistencia de escenario: Simon Dimotta
Asistente de producción: Fernando Zaldívar Posse
Asistencia de dirección: Sabrina Arias
Prensa: Colombo Pashkus
Producción artística: Noemí Frenkel
Producción ejecutiva: Alejandra Menalled, Mariano Pagani
Dirección: Alejandra Ciurlanti

EL CUBO
Dirección: Zelaya 3053 - entre Jean Jaures y Anchorena (Abasto)
Teléfono: 4963-2568
Entrada: $40,00 / $30,00 - domingo - 19:00 hs
Entrada: $30,00 / $20,00 - jueves - 21:00 hs
Entrada: $40,00 / $30,00 - viernes y sábado - 21:00 hs

Entrevista a Javier Pomposiello

El actor y dramaturgo de Ind Arg nos habla sobre su obra, que recorre mediante las voces de una promotora y un asador las mañas, defectos, y atrocidades del discurso popular argentino. Dirigida por el integrante del grupo Los Macocos, Martín Salazar, Ind Arg es una interesante aproximación a esa parte nuestra que no deseamos ver.

¿Cómo fue la génesis de la obra? ¿Había una intención de trabajar sobre las frases hechas?


Sinceramente, yo venía de trabajar en varias obras como actor y tenía ganas de empezar a contar lo mío. Siempre en mis ratos libres escribía cosas, sin mostrarlas. Ensayando “Grasa” con José María Muscari, nos pedía que lleváramos cosas para trabajar, y desde ahí comencé a ver que lo que yo producía causaba entusiasmo y se incorporaba al proyecto. Eso me dio el impulso de hacer algo propio. Lo primero que surgió fue la idea de dos personajes: la promotora y el parrillero. Me interesa trabajar a partir de situaciones, que son las que crean los personajes, y no al revés. Me interesaba meter en la obra frases hechas o cosas que escuchaba, ahí me dije: “ésta es la obra, quiero hablar de la Argentina y de la clase media, y de lo que somos responsables”. Los argentinos hablamos mucho, y a veces la gente dice cada cosa.... Pero estamos acostumbrados a escucharlas, entonces no nos sorprendemos.

La obra trabaja desde una construcción de lo real que jamás deviene ni costumbrismo ni naturalismo.

Yo creo que tomo cosas típicas, o miserias, o vicios de la gente común que se pueden escuchar en cualquier bar o ascensor y con eso hago como una “ensalada”. Me interesa hablar de algo no desde un lugar costumbrista. Traté de pensar en discursos y pensamientos de la gente, y cuestionar si esos pensamientos alguna vez los razonó o si los dice por cobardía, comodidad, o porque “así las cosas están bien” o “los culpables son estos que están acá al lado y no nosotros”. Existen desde frases muy sencillas o inocentes como conversar sobre el clima, hasta otras mucho más complejas que tienen que ver con asuntos más serios ligados a nuestro pasado inmediato.

¿Te sentís relacionado con el concepto de “teatro político”?

Yo tengo dudas sobre si hay un teatro político o si todo teatro lo es. Al teatro lo hacen hombres que cuentan cosas. En algún punto creo que todo lo que hacemos es político. Desde el punto de vista sobre si me estoy comprometiendo más con una temática, podría considerarse que sí, que estoy haciendo teatro político. Lo que más me preocupa es hablar de nosotros.

Convocaste a Martín Salazar para la dirección. ¿Por qué no la dirigiste?

No tengo experiencia como director, si bien me voy a animar. A la obra la escribí para actuarla con la actriz con la que actúo, y se la entregué a quien la dirige. Pensé que iba a ser un gran aprendizaje: para actuar y para dirigir posteriormente. Tanto a Martín como a mí nos interesa el humor, no contar chistes, sino utilizar los temas desde un lugar filosamente humorístico. Se trata de un humor de la decadencia.

En la época de ensayos, ¿trabajaron directamente sobre el texto?

El texto sufrió modificaciones durante el trabajo Lo tomamos como un mapa de trabajo. A Martín le había interesado el trabajo que hice en torno a las frases hechas. Mi intención era mostrar algo extraño que cuando se pone a hablar o hacer tiene algo muy conciente.

Es algo siniestro: lo familiar que no debe ser revelado y se muestra.

Esa era la intención. No queríamos transitar el naturalismo pero tampoco hacer algo absolutamente absurdo. Lo que me interesaba era que la gente llegue y diga: “¿qué es esa cosa extraña?” Y esa cosa extraña somos nosotros. En la obra se muestra también el discurso turístico. Yo creo que la promoción es un invento, es la pavada... Y hay un bandoneonista, que con su música otorga un respiro de belleza. Mediante la música de Miguel Praino se impone algo muy bello. Elegí el bandoneón porque tiene eso de “bandoneón igual a tango, igual a Argentina”, pero a la vez es un instrumento que no fue inventando en este país, que es muy extraño, y que tiene una forma de tocarse muy rara. Es un instrumento hermoso. En ese nivel se une algo muy local con algo muy extraño: una interesante dualidad.

¿Qué zonas del texto crees que generan mayor grado de afectación al público?

El que carga con las cuestiones más pesadas es mi personaje, que representa al argentino medio con discurso seudo facho, que tampoco piensa mucho lo que dice. Mi monólogo de cómo hacer el asado en donde aparece la duda sobre dónde están los desaparecidos, que estarían matándose de risa en Europa, la idea de que “son todos” (son todos chorros, putas....), etcétera, es fuerte, sobre todo porque alterna la idea de enseñar a hacer un asado y decir todas esas cosas. En el caso de la actriz aparece la idea de la promotora que pretende ser famosa. En apariencia es algo más light, pero lanza una idea fuerte, que es ¿qué tiene la gente en la cabeza? Aparece esa idea de estar en la televisión, de triunfar... Es muy cómica la escena en la que los personajes discuten sobre su origen europeo, y sobre quién porta la mejor sangre, cuando en realidad no tienen la menor idea de dónde vienen.

Ezequiel Obregón

Ind Arg puede verse en el Centro Cultural El Tadrón, Niceto Vega 4802, esquina Armenia, los sábados a las 23:30.

01 junio, 2007

NUEVA DIRECCION DE ENSINAPSIS

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